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  En un barrio como Ruzafa, donde cada esquina parece competir por llamar la atención, Demasiado Corazón logra algo mucho más valioso que ser bonito: tener alma. No es sólo un restaurante, sino uno de esos lugares que te reciben con una energía alegre, envolvente, como si nada más cruzar la puerta Valencia se quitara un momento el modo ciudad y se pusiera en modo viaje.

 

La primera impresión aquí no es un detalle menor. El espacio entra por los ojos con una decoración colorista, cálida y muy viva, característica de las cantinas y botaneras mexicanas llenas de arte y objetos artesanales. Hay personalidad, hay intención y hay ese punto de alegría visual que invita a dejar sorprenderse y a entregarse a la experiencia con bastante facilidad. Es un sitio de los que uno mira dos veces, o tres, o cuatro… porque no dejas de descubrir detalles y rincones curiosos.

Una vez en la mesa, la propuesta de la carta sorprende. Al principio desconcierta, sobre todo si vas pensando en comer los platillos más típicos de México. Pero una vez encajas que el alma de la carta es mexicana, pero la intención es sorprender con un tipo de comida fusión, empiezas a salivar con combinaciones que sobre el texto ya parecen casar de manera apetecible.

Se confirma el buen hacer y el amor que ponen en cada plato cuando llegan a la mesa, buenos ingredientes y bien elaborados, que si bien no son exactamente como se sirven en las cantinas tradicionales, sí son sabrosos y algunos sorprendentes. Los más fieles a la cultura mexicana, los tacos  de carnitas, cochinita pibil, birria y pastor. Definitivamente exquisitos.

Y aunque tendré que volver para probar el cóctel Margarita, tengo que decir que su presentación en la mesa de al lado me pareció muy apetecible.

Otra de sus virtudes está en el servicio. La atención es muy cercana, amable y eficiente, con ese equilibrio tan difícil entre estar pendiente y no invadir. En hostelería, esa diferencia se nota muchísimo. Porque una buena cena puede hacerte sonreír, sí, pero un buen trato consigue además que quieras volver.

También se agradece que el restaurante no se limite a seducir desde la estética. La relación calidad-precio me pareció justa, la atmósfera es acogedora y animada, pero sin caer en los estereotipos con música de mariachis a todo volumen.

Además, la carta incluye opciones vegetarianas y veganas. Por lo que todo sumado, la sensación es la de estar en un sitio que entiende bien lo que hoy busca mucha gente cuando sale a comer o cenar fuera, que no es solo alimentarse, sino vivir algo.

  Demasiado Corazón hace honor a su nombre sin caer en la grandilocuencia. Tiene color, tiene sabor, tiene calidez y tiene ese encanto juguetón de los lugares que no necesitan ponerse estupendos para conquistar. En una ciudad con cada vez más oferta y más ruido, este rincón de Ruzafa parece haber encontrado una fórmula muy eficaz: servir comida rica, cuidar el ambiente y hacer que el comensal se sienta, durante un rato, un poco más feliz.

 

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